Siempre que contratemos un servicio o que adquiramos alguna cosa, tenemos opciones a recibir una prestación que no se ajusta a nuestras expectativas o, directamente, a lo que hemos acordado. Tras el desagradable descubrimiento del defecto, la reactividad emocional puede llevarnos a actuar de un modo muy poco inteligente para lograr nuestro objetivo. Y, aunque parezca una obviedad, conviene recordar que la intención es conseguir que lo que recibimos sea, efectivamente, lo que hemos contratado y que nos indemnicen por los perjuicios ocasionados…